| DANZA CICLO ELENA CÓRDOBA SILENCIO Dirección: Elena Córdoba Año de estreno: 2005
| Del 9 al 19 de Junio / 20h30 |
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Silencio es un fresco sobre la condición
humana pintado a través de su condición física.
Dentro de este viaje a través del cuerpo me interesa, en
esta obra, recorrer sus aspectos más animales, comprenderlos
y mostrarlos. Transformar la imagen que tenemos de nuestro cuerpo
haciéndole adoptar conductas de animal en toda su simplicidad
y energía.
En esta obra ocho bailarines estarán rodeados
del público en una estrecha proximidad. La materia de Silencio
son estados físicos reales, con sus energías, con
las relaciones que surgen de la convivencia de estos ocho bailarines,
estas relaciones a veces son armónicas, a veces accidentadas,
a veces cómplices. La humanidad que los bailarines dejan
en este paisaje hará que cada uno de nosotros nos veamos
como habitantes de él.
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Ficha artística y técnica |
Bailarines: Monse Penela, Josué Naval,
Camille Chanson, Mª Dolores Jiménez, Patricia Lamas,
Emilio Tomé, Mª José Pire, Jorge Horno | Textos:
“Libro de Alegrías” de Antonio Fernández
Lera Iluminación: Carlos Marquerie | Sonido: Javier Marquerie
| Dirección: Elena Córdoba
Esta obra está subvencionada por La Consejería
de Cultura y Deportes de la C. de Madrid
Esta obra y yo agradecemos a: Nekane Santamaría,
María Ángeles Ortega, Nacho Atienza, Teresa Rivera,
Paloma Díaz, Leonor Imbert, la huella que han dejado en los
primeros pasos “invertebrados” de esta obra. A Pablo
Caruana y a Isabel Albertus por su apoyo constante.
| Prensa |
ARTEZ
http://www.artezblai.com
La verdad del cuerpo, Josu Montero
Como coreógrafa siempre he buscado
los aspectos más desprotegidos del cuerpo. La danza ha sido
para mí una herramienta con la que mostrar la belleza del
cansancio, de la torpeza, de la dificultad de realizar un acto,
mas que una afirmación de la destreza y del control. En estos
espacios difíciles del cuerpo es donde he encontrado la expresión
de su humanidad”. La coreógrafa y bailarina madrileña
Elena Córdoba desarrolla en su trabajo una búsqueda
muy personal. Las imágenes poéticas en movimiento
no son para ella sino una bonita mentira. Ante todo, ella persigue
la verdad, pero no una verdad intelectual o moral: una verdad física.
La verdad del cuerpo.
No tenemos demasiadas oportunidades de asistir al proceso de trabajo
de un creador en el ámbito de la danza; y aquí lo
hacemos casi desde dentro. Y comprobamos con placer ese empeño
por dar forma a lo informe, al caos, pero persiguiendo también,
de alguna forma, preservarlo, como única manera de no caer
en lo meramente estético. “Hay algo de malo y egoísta
y de cobarde en el goce artístico. Existen épocas
en que se puede tener vergüenza de él, como de hacer
festejos en plena peste”. Esta cita del filósofo E.Levinas
que Córdoba incluye en sus reflexiones sitúa una cuestión
muy presente en el arte contemporáneo, quizá sobre
todo en las artes escénicas y en las plásticas. Meter
el dedo en la llaga abierta, poner en cuestión lo incuestionable,
desasosegar, son nobles y necesarios empeños del teatro que
demasiadas veces quedan contrarrestados e incluso anulados por la
paralela y esencial búsqueda de eso que denominamos “belleza”;
y así, más que intranquilizados, salimos de la sala
reconfortados, cómodamente satisfechos de nuestra insatisfacción.
Esta es una de las preocupaciones que laten en el fondo de las reflexiones
y de las intuiciones que Elena Córdoba nos ofrece aquí:
mostrar “lo ridículo de la belleza” es uno de
sus nortes. En estas páginas escribe a vuela pluma la coreógrafa
sobre el proceso de elaboración de sus cuatro últimos
trabajos: “Los negocios acaban a las diez” (2002), “Doméstico”
(2003), “Bobos” (2004) y “Silencio” (2005);
coreografías a pesar de que a veces no haya baile, sino el
deseo de desnaturalizar al máximo lo que el cuerpo haría
al bailar.
En “Los negocios acaban a las diez” Córdoba nos
“habla” del presente triunfalismo hedonista que rentabiliza
nuestras existencias dentro del horario laboral y, sobre todo, fuera
de él, en nuestro supuesto tiempo libre de esclavos satisfechos.
Como bien sabía Koltès, los negocios no bajan hoy
nunca sus persianas. El crítico Joaquín Ortega escribe:
“El éxito recae en aquellos que saben tumbar al contrario,
que no semejante, sin ni siquiera levantar un dedo, con la sola
presencia de un perfil acorde con el estereotipo”; se refiere
también al “hedonismo jerarquizado, brutal y narcótico”,
al “apabullante deseo de salir bien parado de nuestro reflejo
en el espejo” y de cómo “andamos, bailamos por
ahí sin lucidez y sin norte”. Córdoba no pretende
mostrar el ridículo de la existencia, se conforma con algo
mucho más malévolo: “mostrar el ridículo
de cada gesto de nuestro hacer”.
“Bobos” es de alguna manera una continuación
de esa idea, ya que habla del extravío del cuerpo: “Son
y somos bobos atareados con las manos llenas de humo, bobos graciosos
con el cerebro centrifugado, mártires bobos que valemos lo
que podemos aguantar”. Y es que nuestro temor compulsivo a
no ser vistos, a ser socialmente invisibles, aumenta el énfasis
de nuestros gestos y de nuestras acciones hasta que son excesivos
y ridículos. Córdoba se adentra en estados físicos
torpes, desprotegidos, cada vez más lejos de la posición
de dominio y de control, momentos en que sentimos una insoportable
debilidad: “Un momento en que somos víctimas de algo,
en el que no controlamos el desarrollo de nuestros movimientos,
quedamos a merced del otro. Ese momento de desprotección,
de vértigo, es el que busco, un momento de una extraña
humanidad”. En “Silencio” incluso se sitúa
la coreógrafa entre la torpeza y la animalidad: “¿Borrar
el rostro, alejarse de lo humano a través de lo animal?”.
Estos textos de Elena Córdoba se acercan mucho por momentos
a fulgurantes aforismos tan poéticos como orgánicos:
“Realizar con el cuerpo actividades propias del espíritu”,
escribe, o “Mostrar los dos aspectos del riesgo: placer y
destrucción”, o “Pájaros que respiran
para poder aletear”, o “No deberíamos utilizar
el suelo sólo para caernos y que nos pisen”, o “Soy
débil, soy tan débil que mi debilidad es fuerte como
una montaña”, o “A veces les hablo a mis ojos
y a mis oídos como si no fueran míos, para calmarlos
y volver a controlar sus percepciones. Funciona que yo sea a la
vez mi amo y mi perro”. También utiliza certeramente
la coreógrafa en este proceso creativo las palabras de diversos
autores para avanzar o cuestionar o alentar, o alterar el rumbo
de sus reflexiones y de su trabajo. En el inicio de las notas a
“Silencio” incluye Córdoba dos citas que definen
sin duda la audaz búsqueda de esta artista. El demasiado
desconocido filósofo francés Alain dice: “Pero
el secreto del sabio es aún más hermoso: la voluntad
no tiene ninguna influencia sobre las pasiones, pero tiene influencia
directa sobre el movimiento”; y el escritor e incansable andariego
suizo Robert Walter exclama: “¡Vayamos a un ritmo más
lento! No persigamos la belleza. Debe ir con nosotros como la madre
con el hijo”. Y acabamos con otra de esas radiantes intuiciones
de la coreógrafa; cuando reflexiona acerca de la relación
entre la individualidad y lo social, escribe: “Cómo
nos vinculamos a los demás debería de ser el punto
de partida, desde una mirada física, no ligada al comportamiento
ni a la moral”.
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